
En la antigüedad, la gente se bañaba en el río o en el mar. Los egipcios por ejemplo, aprovechaban las aguas del río Nilo. En Roma, alrededor del siglo III antes de Cristo habían baños públicos, para muchas personas a la vez: mujeres y hombres por separado. En estos lugares, además de bañarse, la gente también disfrutaba sus momentos de ocio y se divertía. Por eso era común pagar una entrada para acceder a grandes piletas, donde se quedaban inclusive hasta cenar.
Durante la Edad Media, durante los largos viajes en barco, los baños eran infrecuentes. Como habían muchos piojos, los tripulantes para calmarse la picazón se rascaban unos a otros.
En el año 1700, en Francia, la gente sólo se lavaba la cara y las manos. Lo hacían así porque esas eran las únicas partes que se mostraban. Y además creían que el agua era un líquido peligroso que penetraba en el cuerpo.
Pasteur fue el científico que descubrió la presencia de microorganismos capaces de transmitir enfermedades. A partir de este descubrimiento la limpieza pasó a ocupar un papel principal en la vida cotidiana. Lavarse las manos se transformó en una obligación social. Antes de su descubrimiento, las heridas causaban graves infecciones sin que nadie lo supiera.
Ya a partir del año 1960 se comenzaron a utilizar los llamados “vanitory”: muebles para guardar toallas, jabones, artículos de tocador y de higiene en general. Actualmente los baños cambian de acuerdo a las necesidades de cada usuario; por eso cada día son más cómodos. Por ejemplo, contamos en el mercado con productos como bañeras y cabinas de hidromasajes especialmente para los espacios reducidos.
Imagen: DecoEsfera













